Divulgación musical
El Pais - Cultura:Crítica:CINE/«LA FLAUTA MAGICA» - domingo, 8 de agosto de 1976, 9:00
Una vez más, a lo largo de este verano, se nos viene a ofrecer un nuevo filme venido del lejano festival cinematográfico de Valladolid. Tras problemas de actores retirados, violaciones de modelos, sargentos que son reyes, viejos dictadores o países insurgentes, llega ahora esta Flauta mágica a través de los ojos y el saber de Ingmar Bergman.Tras de Tommy, Goldspell o Nashville, también dado a conocer en dicho festival, viene a ocupar lugar de honor en nuestras pantallas la música de Mozart.Sin embargo, y a pesar del nombre de su realizador, no se trata de un filme de creación, sino de divulgación; de poner al alcance del público medio -se supone que del aficionado a la televisión- una partitura servida por músicos, cantantes y decorados excelentes. Aparte de esto, ¿qué más hay? Aparte de todo esto, poca cosa. Es una versión correcta, con algunos destellos de ironía y buen humor, siempre a medio camino entre el cine y el teatro.
La flauta mágica
Argumento y guión basados en la ópera de Mozart y Schikaneder. Fotografía: Sven Nykvist. Dirección: Ingmar Bergman. Intérpretes: Josef Kostlinguer, Irma Urrilla, Hakan Hagegard, Elisabeth Erikson Cold. Opera. Suecia. Local de estreno: cine Pompeya.
Normalmente tales empeños suelen correr a cargo de hábiles artesanos, verdaderos especialistas, gracias a los cuales hemos conocido excelentes adaptaciones de teatro, canto y ballet, en lo que a soluciones estrictamente técnicas se refiere. Entre respetar y arriesgar, Bergman, a quien es difícil de reconocer a lo largo del filme, se ha limitado a respetar, rellenando de un modo rutinario aquellas partes de la historia en las que por razones obvias ni el canto ni la acción se desarrrollan. Así, en la obertura, cuyas imágenes son primeros planos de espectadores montados según una técnica que llega a fatigar por reiterada y demasiado habitual. Si esos rostros fueran tomados al azar tal corno se pretende presentarlos, tendrían al menos algún valor documental, pero han sido escogidos, iluminados, maquillados, dirigidos, cuidando elegirlos de distintas razas como para darnos a entender, por si no lo sabíamos, que la música de Mozart llega a todas latitudes.
Al autor se alude de cuando en cuando a través de sus retratos, de la imagen de Mozart niño en la que es imposible adivinar su trágico destino posterior. Como todos sabemos, Mozart, en pleno éxito, meses más tarde de esta flauta encantada o mágica, acabaría en la fosa común, víctima de una vieja dolencia por entonces incurable. Muchos se han preguntado de dónde le podía venir esa vena alegre, plena de fantasía y fe en la vida, rodeado como estuvo siempre por estrecheces y limitaciones. Bergman nos lo hubiera podido explicar, decimos cómo el arte es capaz de salvarnos, de elevarnos por encima de fracasos y frustraciones. Hubiera podido hacerlo como en él es habitual, pero no se lo propuso. Ha llegado ante el tinglado de la escena y allí se ha detenido. Más allá del puro goce estético no se lo hemos de agradecer. Mozart, desde su música, puede que sí, ya definitivamente lejos de miserias y avatares terrenales.
