Domingos locos
El Pais - Cultura:Crítica:CINE - jueves, 5 de mayo de 1977, 9:00
F. Scott Fitzgerald comenzó a escribir The last Tycoon en el otoño del 39, prácticamente al tiempo que estallaba la segunda guerra mundial. En su novela narraba su poco afortunadas experiencias en Hollywood, situándolas en los años treinta, a través de un personaje, Monroe Stahr, en realidad Irving Thalberg prototipo de. nuevo productor nacido tras la desaparición del cine mudo y tal como hoy en América se entiende, es decir responsable total de la película no sólo desde el punto de vista económico, sino con voz y voto y decisión final por encima del equipo artístico completo.Mas en tal personaje hay mucho también del escritor, sobre todo en ese amor que llena el relato entero y que recuerda al propio Fitzgerald buscando en otras mujeres de físico o encanto parecido, el recuerdo de - Zelda su esposa con la mente enferma, recluida en una clínica definitivamente.
El gran magnate
Guión de Harold Pinter según la novela de Scott Fitzgerald. Dirección, Elia Kazan. Música de Maurice Jarre. Intépretes, Robert de Niro, Tony Curtis, Robert Mitchum, Jeanne Moreau, Jack Nicholson. Donald PIeasance, Ray Milland, Dana Andrews e Ingrind Boulting, EE UU. 1976. Dramático. Local de estreno Conde Duque.
Años antes y según el mismo manifiesta, tuvo ya la corazonada de que las películas sonoras convertirían al novelista de más éxito en algo tan anticuado como las cintas mudas. Quería hacer películas por encima de cualquier otra cosa. Sabía exactamente, aseguraba, lo que es llevar una en la cabeza como los directores y ello le parecía infinitamente romántico.
Si su novela era una fuga a un pasado pródigo y romántico también, el fllm, surgido de ella a través del trabajo de Harold Pinter viene a resultar un análisis sereno y crítico de un momento de su vida, de la vida de un hombre capaz de alzarse sobre su íntimo fracaso gracias a su particular fábrica de sueños. Sin caer en la clásica historia de Hollywood cínico, con las manidas alusiones al alcohol y el sexo, el retrato que de¡ protagonista se ofrece viene a explicamos cómo su soledad, sus recuerdos, incluso su sentido de la vida, tienen como único respaldo el mundo que sus guionistas y directores crean y que el mismo, a la postre, domina. Por ello cuando el amor inquietante y sincero, ajeno al cine fracasa Monroe Sthar se refugia primero en el alcohol, luego en su odio ante los escritores en los que verá una amenaza a su dominio y más tarde, ya lejos de su cargo, en la penumbra de sus estudios que junto a la casa del mar que nunca acabará, representan su hogar, su sueño verdadero.
Muchas otras alusiones al propio Fitzgerald pueden reconocerse en esta historia. Pero como él mismo había escrito, en la vida de los americanos no hay segundos actos y sus guiones como sus propósitos quedaron sepultados en despachos y cajones y su nombre inédito. Todos esos sueños, esos apuntes irónicos, esa melancolía se hallan presentes en el filme, más allá de ambientes convencionales dados aquí con tacto y gracia pero con complacencia desmedida. Esta falta de adecuación entre el espíritu y el ritmo del filme y el interés del público ajeno al libro, puede que sean la causa de cierta sensación de narración sin terminar, que acaba donde la mayoría empieza, a pesar de su reparto espectacular no sólo en lo que se refiere a nombres sino también en su trabajo sabiamente dirigido por Kazan en una de sus historias más cuidadas.
Ni la excelente interpretación de Robert de Niro, ni la inclusión de escenas con filmes que anuncian títulos famosos posteriores, los apuntes escénicos, la ambientación y la música de Jarre, acaban de rematar esta obra, ni de poner en pie unos años y un medio que el mismo escritor definía como una fuga hacia un pasado prodigioso y romántico que quizá no vuelva a repetir en esta época nuestra
